En tiempos donde las tensiones sociales aumentan y los problemas complejos claman por respuestas simples, observamos un fenómeno tan antiguo como la humanidad misma: la búsqueda de un chivo expiatorio. Esta tendencia a culpar a una persona o grupo por males generalizados no solo es comprensible psicológicamente, sino también un desafío espiritual. Como cristianos, estamos llamados a seguir otro camino: un camino de reflexión, responsabilidad y reconciliación.
La Biblia nos advierte firmemente contra esta actitud. En el libro de Levítico, el chivo expiatorio se describe como un símbolo de la transferencia de los pecados del pueblo de Israel a un animal que era enviado al desierto (Levítico 16:20-22). Sin embargo, lo que en el Antiguo Pacto era un ritual provisional, en el Nuevo Pacto ha recibido un significado definitivo a través de Jesucristo. Cristo mismo se convirtió en el chivo expiatorio que cargó con los pecados del mundo, pero no para eximirnos de nuestra responsabilidad, sino para redimirnos y capacitarnos para una nueva vida.
La advertencia bíblica contra la mentalidad del chivo expiatorio
Ya en el Jardín del Edén se manifiesta el deseo humano de evadir la culpa. Adán culpa a Eva, y Eva a la serpiente (Génesis 3:12-13). Estos patrones de comportamiento se extienden a lo largo de toda la historia de la salvación. Jesús mismo aborda este tema cuando advierte a la multitud que iba a apedrear a la mujer sorprendida en adulterio: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra» (Juan 8:7, NBLA).
Este llamado a la autorreflexión es radical. Nos quita la posibilidad de usar a otros como chivos expiatorios y nos confronta con la tarea de reconocer nuestra propia responsabilidad. El apóstol Pablo retoma esta idea cuando escribe: «Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Corintios 5:10, NBLA).
El peligro de la simplificación
En los debates políticos y sociales, a menudo se comete el error de reducir problemas complejos a una sola persona. Esto puede ser satisfactorio a corto plazo, ya que sugiere una solución clara, pero impide un verdadero análisis de las causas profundas. La Biblia nos enseña que el mundo no se reduce a dualismos simples de bien y mal, sino que el pecado es un fenómeno sistémico que impregna todas las áreas de la vida.
El profeta Jeremías advierte: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?» (Jeremías 17:9, NBLA). Esta comprensión debería hacernos humildes y evitar que emitamos juicios precipitados. En cambio, estamos llamados a buscar la verdad en el amor (Efesios 4:15).
Asumir la responsabilidad en lugar de culpar
Un aspecto central de la fe cristiana es la responsabilidad personal ante Dios. Jesús deja claro que cada persona debe rendir cuentas por lo que ha hecho o dejado de hacer (Mateo 12:36-37). Esta responsabilidad no puede ser transferida a otros. Al mismo tiempo, la Biblia enseña que como comunidad somos responsables unos de otros: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» (Gálatas 6:2, NBLA).
La tensión entre la responsabilidad personal y la comunitaria es un desafío para cada cristiano. Por un lado, no debemos escondernos detrás de acusaciones colectivas; por otro, debemos reconocer y combatir las estructuras sistémicas del pecado. La carta de Santiago nos llama a la caridad activa: «Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma» (Santiago 2:17, NBLA).
Un ejemplo de la actualidad
Consideremos el debate actual sobre la responsabilidad política. A menudo se busca un chivo expiatorio para explicar crisis económicas o sociales. Sin embargo, la perspectiva cristiana nos invita a examinar nuestras propias actitudes y contribuciones, y a trabajar juntos hacia soluciones que reconozcan la complejidad de los problemas y la necesidad de la gracia y la reconciliación. Como nos recuerda Pablo: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gálatas 6:9, NBLA).
En lugar de buscar culpables, podemos ser agentes de cambio, comenzando por nosotros mismos y extendiendo ese cambio a nuestras comunidades. La fe cristiana nos ofrece un camino de esperanza y transformación, donde la responsabilidad no es una carga, sino una oportunidad para crecer en amor y servicio.
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