La Ascensión de Jesús al cielo no es solo un evento para recordar, sino una invitación a dar un paso adelante en tu vida espiritual. Cuando Cristo subió al Padre, no nos dejó solos, sino que nos confió una misión: ser sus testigos en el mundo. Este hecho puede sentirse como una gran responsabilidad, pero también es una muestra de su confianza en ti. Él sabe que puedes madurar en la fe y llevar su mensaje a otros.
Imagina que estás aprendiendo a andar en bicicleta. Al principio, tus padres te sostienen, pero llega un momento en que sueltan las ruedas de apoyo. Así hizo Jesús con sus discípulos, y contigo también. La Ascensión es ese momento en que Dios te dice: «Confío en ti, ve y anuncia el Evangelio». No es un abandono, sino un impulso para que crezcas.
En Hechos 1:8, Jesús promete: «Recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Esa promesa es para ti hoy. El poder del Espíritu te capacita para cumplir tu llamado.
La bendición que perdura
Lucas 24:50-51 nos regala una imagen hermosa: mientras Jesús bendecía a sus discípulos, fue llevado al cielo. Sus manos quedaron extendidas sobre ellos, y sobre nosotros. El Papa Benedicto XVI reflexionó que Cristo resucitado continúa bendiciéndonos perpetuamente desde el cielo. Sus manos permanecen abiertas sobre este mundo, como un gesto de amor constante.
Esa bendición no es solo para ti, sino para que tú seas una bendición para otros. Así como Jesús partió bendiciendo, tú puedes vivir cada día bendiciendo a quienes te rodean. Una palabra amable, un gesto de ayuda, un momento de escucha: todo eso es extender las manos de Cristo.
La alegría cristiana
Los discípulos regresaron a Jerusalén con gran alegría después de la Ascensión (Lucas 24:52). ¿Por qué? Porque sabían que Jesús seguía con ellos, aunque de una manera nueva. Esa misma alegría puede llenar tu corazón cuando entiendes que la partida de Cristo no es una pérdida, sino una ganancia: ahora él intercede por ti y te envía a ser luz en el mundo.
El Espíritu Santo: tu compañero en la misión
Entre la Ascensión y Pentecostés, la Iglesia ora intensamente pidiendo la venida del Espíritu Santo. Jesús no te dejó huérfano; te dio al Consolador, el Espíritu de verdad, que estará contigo para siempre (Juan 14:16-17). El Espíritu te da fuerza, sabiduría y amor para cumplir tu misión.
¿Sientes que no eres lo suficientemente valiente para hablar de tu fe? El Espíritu Santo te llenará de valor. ¿No sabes qué decir? Él pondrá palabras en tu boca. La evangelización no es un esfuerzo humano, sino una obra de Dios a través de ti. Solo necesitas estar disponible.
Una vida transformada
Cuando permites que el Espíritu Santo actúe en ti, tu vida cambia. Dejas de ser un espectador y te conviertes en un protagonista del Reino. La Ascensión te invita a salir de tu zona de confort, a compartir el amor de Dios con tus amigos, familiares y vecinos. No se trata de predicar desde un púlpito, sino de vivir de tal manera que otros vean a Jesús en ti.
Madurez espiritual: el fruto de la Ascensión
La Ascensión nos desafía a crecer. Un cristiano maduro no se queda en la comodidad de la fe privada, sino que se involucra en la misión. Como dice Efesios 4:13, debemos alcanzar «la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, para llegar a ser un hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». Eso implica dejar atrás las cosas de niño y asumir responsabilidades.
¿Cómo puedes madurar? Primero, fortalece tu relación con Dios mediante la oración y la lectura de la Biblia. Segundo, busca comunidad: una iglesia donde puedas crecer y servir. Tercero, atrévete a compartir tu fe. Cada paso que das en obediencia te hace más parecido a Cristo.
El ejemplo de los primeros discípulos
Los apóstoles, después de la Ascensión, se dedicaron a la oración y a la espera del Espíritu Santo. No se quedaron paralizados, sino que se prepararon para la misión. Tú también puedes hacerlo: ora, estudia las Escrituras, y pide al Señor que te muestre a quién puedes bendecir hoy.
Preguntas para reflexionar
Al meditar en la Ascensión, pregúntate: ¿Estoy dispuesto a madurar en mi fe? ¿Confío en que Jesús me ha dado todo lo necesario para ser su testigo? ¿Cómo puedo ser una bendición para los que me rodean esta semana? La Ascensión no es un punto final, sino un nuevo comienzo. Jesús subió al cielo, pero su misión continúa en tus manos. Acepta el desafío y deja que el Espíritu Santo te transforme.
«Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura» (Marcos 16:15, NVI).
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