En una época marcada por conflictos y tensiones, la voz de la Iglesia resuena con especial urgencia al convocar a los creyentes al compromiso por la paz. Monseñor Santoro, con su reciente declaración, nos invita a reflexionar profundamente sobre cómo la guerra representa una herida para la humanidad y para la voluntad de Dios. Como comunidad cristiana ecuménica, estamos llamados a redescubrir las raíces bíblicas de la paz, que no es simplemente ausencia de conflicto, sino presencia activa de justicia y reconciliación.
El profeta Isaías nos recuerda: "Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. No alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra" (Isaías 2:4, NVI). Esta visión profética no es utopía, sino promesa divina que orienta nuestro camino. La paz, desde la perspectiva cristiana, es don de Dios y tarea del ser humano, vocación que interpela a cada bautizado.
En este contexto, el magisterio de los pontífices recientes ofrece valiosas orientaciones. El Papa Francisco, que nos dejó el 21 de abril de 2025, denunció constantemente la "tercera guerra mundial a pedazos" que aflige nuestro tiempo. Su legado de compromiso con los pobres y con la paz sigue inspirando al pueblo de Dios en todo el mundo.
El Legado del Papa Francisco y la Continuidad con el Papa León XIV
La transición al pontificado del Papa León XIV, elegido en mayo de 2025, representa una continuidad en el compromiso por la paz y la justicia. El nuevo pontífice, Robert Francis Prevost, continúa con renovado vigor la preocupación por las víctimas de los conflictos y por la construcción de puentes entre los pueblos. La Iglesia, en esta etapa histórica, se confirma como "experta en humanidad" y voz profética contra toda forma de violencia.
El Evangelio de Mateo nos ofrece las bienaventuranzas como brújula para el actuar cristiano: "Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mateo 5:9, NVI). Esta bienaventuranza no se limita a quienes evitan el conflicto, sino que bendice a quienes se comprometen activamente a construir relaciones justas y reconciliadas. La paz es obra artesanal que requiere paciencia, valor y creatividad.
La plataforma ecuménica EncuentraIglesias.com, en su servicio a las comunidades cristianas, desea favorecer este diálogo constructivo. Sin preferencias denominacionales, acogemos el aporte de todas las tradiciones cristianas para testimoniar el Evangelio de la paz. En un mundo fragmentado, la unidad de los creyentes se convierte en signo creíble de la reconciliación posible.
Las Raíces Bíblicas de la Paz
El Antiguo Testamento nos presenta a Jehová como "Dios de paz" (Jueces 6:24, RVR1960), mientras que el Nuevo Testamento revela en Cristo "nuestra paz" (Efesios 2:14, RVR1960). San Pablo exhorta a los Romanos: "Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres" (Romanos 12:18, RVR1960). Esta exhortación apostólica mantiene toda su actualidad hoy.
La paz bíblica (shalom) indica plenitud de vida, relaciones justas, bienestar integral. No se reduce a quietud exterior, sino que involucra a la persona en su totalidad. Por eso la guerra, que destruye esta plenitud, se considera como un evento profundamente contrario al designio de Dios sobre la humanidad.
De la Denuncia a la Propuesta: El Camino de la Reconciliación
Denunciar la guerra es necesario, pero no suficiente. La comunidad cristiana está llamada a proponer caminos concretos de reconciliación. Esto implica educar para la paz desde la infancia, promover el diálogo intercultural e interreligioso, apoyar iniciativas de justicia social. La paz se construye día a día, a través de gestos pequeños y grandes de fraternidad.
El Salmo 34 nos orienta: "Busca la paz, y síguela" (Salmo 34:14, RVR1960). El verbo "seguir" indica acción determinada, compromiso constante. La paz no cae del cielo, sino que se cultiva con perseverancia. Las comunidades cristianas pueden convertirse en espacios donde se practica el perdón y se tejen relaciones nuevas. Cada uno de nosotros, en nuestra vida cotidiana, está llamado a ser artesano de paz, comenzando por la familia, el trabajo y el vecindario.
En este camino, la oración se convierte en fuente indispensable. Rezar por la paz no es evadir responsabilidades, sino abrirse a la acción transformadora del Espíritu Santo. Como nos enseñan los santos, la paz verdadera nace del corazón reconciliado con Dios y con los hermanos.
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