Jesús: el camino que nos lleva al Padre — meditación para el 5º domingo de Pascua

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En el Evangelio de Juan (14,1-12), Jesús declara: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Esta palabra, pronunciada durante la última cena, resuena como un testamento espiritual. Pero ¿qué significa realmente «ser el camino»? Para muchos, la fe cristiana se reduce a creencias o reglas morales. Sin embargo, Jesús nos ofrece primero una vía, una manera concreta de vivir en relación con Dios. Como recuerda el libro de los Hechos (9,2), los primeros cristianos eran llamados «los del Camino». Esta expresión no es casual: designa a una comunidad en movimiento, un pueblo en marcha hacia el Padre.

Jesús: el camino que nos lleva al Padre — meditación para el 5º domingo de Pascua

El camino del que habla Jesús no es una abstracción. Se encarna en su humanidad. San Agustín, en sus comentarios, subraya que Cristo es la Verdad y la Vida en cuanto Dios, pero que es el Camino en cuanto hombre. En otras palabras, para alcanzar la meta – la comunión con Dios – necesitamos un guía que conozca la ruta. Ese guía es Jesús mismo, con sus gestos, sus palabras, su manera de amar y perdonar. No se limita a indicarnos la dirección: camina con nosotros.

La Iglesia, señal y servidora del Camino

Desde los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles, la Iglesia se presenta como el lugar donde este Camino se vive y se transmite. En Hechos 6,1-7, vemos a los apóstoles organizar la comunidad para que nadie sea descuidado. Esta atención a las necesidades materiales no es un detalle: muestra que el Camino de Jesús pasa por el servicio concreto a los hermanos y hermanas. La Iglesia no es una simple institución; es el cuerpo de Cristo, un pueblo de piedras vivas, como dice la primera carta de Pedro (2,4-9). Cada creyente está llamado a ser una piedra que contribuye al edificio espiritual.

Pero atención: la Iglesia nunca es un fin en sí misma. Siempre remite a su Señor. Así como el camino solo existe para llevar al destino, la Iglesia existe para conducirnos a Cristo. Es un medio, no un fin. Nos proporciona los sacramentos, la Palabra y la comunión fraterna, pero no se toma a sí misma por la fuente. Por eso debe reformarse constantemente, purificarse, para que la luz del Evangelio brille sin obstáculos.

La sencillez del pesebre

San Agustín cuenta que había buscado a Dios durante mucho tiempo en las altas especulaciones de los filósofos platónicos. Había vislumbrado la Verdad y la Vida, pero le faltaba el camino. Ese camino lo encontró en la humildad del pesebre. Dios se hace pequeño para que podamos alcanzarlo. Esta lección es esencial: la vía de Jesús es la del rebajamiento, el servicio, el amor que se entrega. No está reservada a una élite intelectual o espiritual; es accesible a todos los que aceptan hacerse como niños.

Caminar hoy por la Vía

¿Cómo vivir concretamente esta realidad? La primera lectura nos muestra la importancia del servicio y la organización comunitaria. Pero más allá de las estructuras, es nuestro corazón el que debe transformarse. La Vía de Jesús nos invita a un doble movimiento: volvernos hacia Dios en la oración y hacia los demás en la caridad. Cada día podemos dar un paso más en este camino eligiendo el perdón en lugar del rencor, la generosidad en lugar del egoísmo, la confianza en lugar del miedo.

El salmo 32 nos recuerda que el Señor es nuestro refugio y nuestro libertador. En la Vía, no estamos solos: el Espíritu Santo nos guía y nos fortalece. Como escribe san Pedro, somos un sacerdocio santo, llamados a ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo. Esto significa que nuestra vida entera puede convertirse en una ofrenda, una alabanza.

«Acérquense a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios. Ustedes también, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.» (1 Pedro 2,4-5)

Que este quinto domingo de Pascua nos encuentre con los pies en el camino, el corazón abierto y la mirada fija en Jesús, nuestro guía y nuestra meta.


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