La ascensión de Jesús no es un simple viaje de regreso al cielo. Es la culminación de su obra redentora y el inicio de una nueva etapa para la humanidad. Cuando Jesús sube al Padre, no lo hace solo; lleva consigo la humanidad redimida, abriendo el camino para que todos los que creen en él puedan también estar en la presencia de Dios. Como dice Hebreos 10:12: "Cristo, después de ofrecer un solo sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la diestra de Dios". Esta posición de autoridad y poder nos asegura que nuestra salvación está completa y que tenemos un intercesor constante ante el Padre.
La expresión "a la diestra del Padre" no debe entenderse en términos físicos, sino como una declaración de igualdad y poder divino. Jesús, como Hijo de Dios, retoma la gloria que tenía desde el principio, pero ahora con una humanidad glorificada. Esto nos llena de esperanza: nuestra naturaleza humana, unida a Cristo, ha sido elevada a la máxima dignidad. En su ascensión, Jesús nos muestra el destino final de todos los que le siguen: estar con él en la gloria.
Un camino de ascenso para nosotros
Así como Jesús ascendió al cielo, nosotros también estamos llamados a un camino de ascenso espiritual. No se trata de un viaje físico, sino de un proceso de transformación interior. El apóstol Pablo nos recuerda en Efesios 2:4-7 que Dios, "por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, nos resucitó con él y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales". Este es un regalo de gracia: ya estamos sentados con Cristo en el cielo, aunque todavía vivimos en la tierra. Nuestra vida presente es un anticipo de la gloria futura.
Este camino implica dejar atrás el pecado y las ataduras del mundo, para vivir en la libertad que Cristo nos ha dado. Cada día, mediante la oración, la lectura de la Palabra y la comunión con otros creyentes, podemos experimentar un anticipo de esa realidad celestial. No estamos solos en este viaje; el Espíritu Santo nos guía y nos fortalece para que podamos perseverar hasta el final.
La esperanza de la gloria futura
La ascensión de Jesús nos da una esperanza firme y segura. Sabemos que, así como él subió al cielo, también volverá para llevarnos con él. Mientras tanto, tenemos la tarea de anunciar su amor y su salvación a todas las personas. La iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra, y cada creyente es un testimonio vivo de su poder transformador. Vivir con la mirada puesta en el cielo no significa descuidar nuestras responsabilidades terrenales, sino todo lo contrario: nos impulsa a amar y servir a los demás con la misma entrega que Jesús mostró.
Jesús no nos ha dejado huérfanos; nos ha enviado al Espíritu Santo, quien nos capacita para ser sus testigos hasta los confines de la tierra. La ascensión marca el comienzo de la misión de la iglesia, una misión que continúa hoy. Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en el plan de Dios, y la promesa de estar con él en la gloria nos motiva a seguir adelante con fe y valentía.
Viviendo en la presencia de Dios
La invisibilidad de Jesús después de la ascensión no significa ausencia. Al contrario, su presencia se ha extendido a través del Espíritu Santo, que habita en cada creyente. Como dijo Jesús en Mateo 28:20: "Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo". Esta presencia es real y poderosa, y nos da la confianza para enfrentar cualquier desafío. En medio de las dificultades, podemos acudir a él en oración, sabiendo que nos escucha y nos sostiene.
La iglesia, como comunidad de fe, es el lugar donde experimentamos esa presencia de manera especial. En la adoración, la enseñanza y la comunión fraterna, nos encontramos con Cristo resucitado. También en los momentos de soledad o prueba, podemos sentir su consuelo y su paz. La ascensión nos invita a buscar a Dios no en un lugar lejano, sino en nuestro propio corazón, donde él ha hecho su morada por medio del Espíritu.
"Porque el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivamos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor" (1 Tesalonicenses 4:16-17, RVR1960).
Preguntas para reflexionar
¿Cómo estás viviendo tu camino de ascenso espiritual? ¿Hay áreas de tu vida que necesitas entregar a Dios para experimentar más de su presencia? Recuerda que Jesús no solo ascendió al cielo, sino que también intercede por ti ante el Padre. Tienes un lugar reservado en la gloria, y cada día es una oportunidad para acercarte más a él. Que la esperanza de la ascensión te llene de gozo y te impulse a compartir el amor de Cristo con quienes te rodean.
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