El valor de pausar: descubre tu vocación como un regalo

Fuente: EncuentraIglesias Editorial

En el ajetreo de la vida moderna, donde todo parece correr a un ritmo implacable, el llamado de Dios resuena como un susurro que invita a la pausa. Este es el mensaje central de la vigilia vocacional celebrada en la basílica de San Juan de Letrán, en preparación para la 63ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Cientos de jóvenes se reunieron para meditar, escuchar y confiar en el Señor, redescubriendo que la vocación no es una carga que llevar, sino un regalo precioso que acoger con alegría.

El valor de pausar: descubre tu vocación como un regalo

El cardenal Lázaro You Heung-sik, prefecto del Dicasterio para el Clero, guió la velada con palabras de aliento: «No tengan miedo de escuchar al Señor y seguirlo con confianza». Un mensaje que resuena en el corazón de todo cristiano, llamado a reconocer que su vida está moldeada por el amor de Dios desde la eternidad.

La vigilia, organizada en colaboración con la Diócesis de Roma y otros dicasterios, contó con la participación activa de los jóvenes, que oraron ante el Santísimo Sacramento y meditaron la Palabra. El tema elegido, «El descubrimiento interior del don de Dios», guió la reflexión, invitando a cada uno a mirar dentro de sí para encontrar la huella del llamado divino.

Pausar: un acto de coraje y humildad

El cardenal Baldo Reina, vicario de la diócesis de Roma, profundizó en el primero de los tres verbos clave: pausar. En un mundo que exalta la productividad y la acción frenética, pausar se convierte en un gesto revolucionario. «Es un gran acto de humildad y de coraje», explicó, porque significa reconocer que no somos nosotros quienes damos sentido a la vida, sino que el sentido nos es donado por Dios.

La sociedad nos empuja a correr, a llenar cada instante con compromisos, como si nuestro valor dependiera de lo que hacemos. Jesús, en cambio, nos invita a interrumpir esta carrera y a preguntarnos sobre el significado profundo de nuestra existencia. «¿Por qué fuimos creados? ¿Por qué Dios nos deseó?» Son preguntas que abren el corazón a la vocación.

Pausar no significa poner la vida en pausa, sino más bien crear un espacio de silencio en el que escuchar la voz de Dios. Como leemos en el Salmo 46:10: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios». Solo en este silencio podemos descubrir nuestra identidad más auténtica, la de hijos amados por el Padre.

Escuchar: la Palabra que ilumina el camino

El segundo paso es la escucha. No se trata de una escucha superficial, sino de una atención plena a la Palabra de Dios que habla al corazón. El cardenal Reina subrayó que «la vocación no es una obligación, ni una renuncia estéril: es una amistad». Una amistad que nace de la escucha de Aquel que nos llama por nombre.

En la Biblia encontramos numerosos ejemplos de llamados: Samuel, que responde «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Samuel 3:10); Isaías, que se ofrece diciendo «Heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6:8); María, que acepta con humildad el plan de Dios (Lucas 1:38). Toda vocación, al matrimonio, al sacerdocio o a la vida consagrada, nace de una escucha profunda de la voluntad de Dios.

Los jóvenes presentes en la vigilia experimentaron esta escucha a través de la meditación de la Palabra y la adoración eucarística. Abrieron su corazón a Jesús, dejando que su luz iluminara sus deseos y sus miedos. Porque, como dice San Pablo, «la fe viene por el oír» (Romanos 10:17).

Confiarse: el paso de la fe

El tercer verbo es confiarse. Después de haberse detenido y haber escuchado, se trata de realizar un acto de confianza, entregando la propia vida en las manos de Dios. El cardenal You Heung-sik exhortó a los jóvenes a no tener miedo: «Seguir al Señor con confianza es el camino hacia una vida plena y significativa».

Confiarse no es señal de debilidad, sino de fortaleza. Es reconocer que Dios es fiel y que sus planes para nosotros son de bien y no de mal (Jeremías 29:11). En este acto de abandono, encontramos la verdadera libertad, la de ser quienes estamos llamados a ser. La vigilia concluyó con una bendición solemne, enviando a los jóvenes a ser testigos de la alegría del Evangelio en el mundo.


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