En los últimos días, una escena ha dado la vuelta al mundo: niños y niñas llevados a un evento oficial, obligados a sonreír, a brincar, a cantar, mientras los adultos a su alrededor intentaban proyectar una imagen de felicidad y normalidad. Pero la realidad era otra. Los pequeños no brincaban, no cantaban, no sonreían. Miraban al suelo, se movían con timidez, evidenciando incomodidad. Y la propia mandataria lo reconoció: “Ya veo que las niñas y los niños se están aburriendo”. Sin embargo, el show continuó. Se tomaron fotos, se hicieron los gestos de alegría, y se proyectó la imagen de una fiesta feliz.
Como cristianos, estamos llamados a abrir los ojos ante estas realidades. La Biblia nos recuerda que los niños son un regalo de Dios, y que debemos protegerlos y guiarlos con amor. Jesús mismo dijo: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos” (Mateo 19:14, NVI). Pero cuando los niños son usados como instrumentos para ocultar verdades incómodas, estamos fallando como sociedad y como iglesia.
La manipulación de los más vulnerables
No es la primera vez que vemos a niños utilizados como escudos políticos. En diferentes contextos, los gobiernos y los poderosos han recurrido a la imagen de la infancia para desviar la atención de escándalos, crisis o violaciones a los derechos humanos. Es una estrategia que explota la inocencia y la vulnerabilidad de los más pequeños para generar simpatía y ocultar la realidad.
En el caso que nos ocupa, el evento coincidió con graves acusaciones de vínculos entre funcionarios y el crimen organizado. En lugar de enfrentar el escándalo con seriedad, se optó por un acto que pretendía mostrar normalidad. Pero los niños no son accesorios de campaña ni herramientas de propaganda. Son seres humanos creados a imagen de Dios, con dignidad y derechos.
Lo que dice la Biblia sobre el cuidado de los niños
La Escritura es clara en cuanto a la responsabilidad de los adultos hacia los niños. En el Antiguo Testamento, Dios ordena a su pueblo enseñar a los hijos sus mandamientos (Deuteronomio 6:6-7). En el Nuevo Testamento, Jesús reprende a sus discípulos por apartar a los niños, y advierte seriamente a quienes los hagan tropezar: “Pero si alguien hace pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar” (Mateo 18:6, NVI).
Esta advertencia es severa porque Dios ama a los niños y espera que los protejamos. Usarlos para fines políticos, económicos o ideológicos es una forma de hacerlos tropezar, de robarles su inocencia y de exponerlos a situaciones que no deberían vivir.
La responsabilidad de la iglesia y los creyentes
Como comunidad de fe, tenemos el deber de alzar la voz cuando vemos injusticias. Proverbios 31:8-9 nos llama: “¡Habla en favor de los que no pueden hablar! ¡Defiende los derechos de los desamparados! ¡Habla y juzga con justicia! ¡Defiende a los pobres y necesitados!” (RVR1960). Los niños son los más desamparados, los que no tienen voz en los espacios de poder. Nos toca a nosotros ser sus defensores.
No se trata de politizar el evangelio, sino de vivir el mandato de amar al prójimo y buscar la justicia. Cuando un gobierno utiliza a los niños para ocultar sus fracasos, la iglesia debe denunciarlo con valentía, pero también con amor, buscando siempre la verdad y el bienestar de los pequeños.
¿Qué podemos hacer como cristianos?
- Orar por los niños que son víctimas de manipulación y abuso, y por los líderes para que actúen con justicia.
- Educar a nuestras comunidades sobre el valor de la infancia según la Biblia.
- Denunciar cualquier forma de explotación infantil, ya sea en el ámbito político, laboral o familiar.
- Apoyar organizaciones que protegen los derechos de los niños y trabajan por su bienestar.
Reflexión final: la verdad que libera
Jesús dijo: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32, NVI). La verdad sobre el uso de los niños como escudos políticos es incómoda, pero necesaria. Solo reconociéndola podemos actuar para cambiar las cosas. Como cristianos, no podemos quedarnos callados cuando los más vulnerables son manipulados. Nuestra fe nos impulsa a ser voz de los sin voz, a proteger a los pequeños y a buscar la justicia que refleje el corazón de Dios.
Te invito a reflexionar: ¿cómo puedes tú, en tu vida diaria, ser un defensor de los niños? ¿Estás dispuesto a hablar cuando veas que se les utiliza o se les hace daño? Que el Señor nos dé sabiduría y valor para actuar conforme a su voluntad.
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6, RVR1960)
Comentarios