En estos tiempos donde las noticias nos llegan a velocidad vertiginosa, es fácil caer en la tentación de usar palabras que dividen en lugar de unir. Recientemente hemos visto cómo algunas figuras públicas han utilizado términos bíblicos para descalificar a quienes piensan diferente, comparándolos con personajes históricos de las Escrituras. Como comunidad cristiana, debemos preguntarnos: ¿estamos usando el lenguaje sagrado para edificar o para herir?
La Palabra nos recuerda en Proverbios 18:21 que "La muerte y la vida están en poder de la lengua, y los que la aman comerán de sus frutos" (RVR1960). Cada palabra que pronunciamos lleva consigo el poder de sanar o dañar, de construir puentes o levantar muros. Cuando utilizamos términos como "fariseo" para etiquetar a otros, corremos el riesgo de vaciarlos de su significado espiritual original y convertirlos en armas de confrontación.
Jesús mismo tuvo encuentros complejos con los fariseos de su tiempo. Algunos fueron críticos cerrados, pero otros como Nicodemo buscaron sinceramente la verdad. Reducir este grupo diverso a un simple estereotipo nos aleja de la riqueza de las enseñanzas bíblicas sobre la humildad y la autocrítica.
Mirando más allá de las etiquetas
En el Evangelio de Marcos, capítulo 3, encontramos un pasaje que ha sido citado en diversos contextos recientes. Jesús sana a un hombre en día sábado, y los fariseos comienzan a conspirar contra él. La Escritura nos muestra:
"Y entró otra vez en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, para acusarle. Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban. Y mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y la mano le fue restaurada sana. Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle." (Marcos 3:1-6, RVR1960)
Este relato nos invita a reflexionar sobre varios aspectos importantes. Primero, Jesús nunca dejó de hacer el bien, incluso cuando sabía que sería criticado. Segundo, su enojo no era contra las personas en sí, sino contra "la dureza de sus corazones". Tercero, el problema no era la observancia religiosa, sino cuando esta se convertía en excusa para dejar de amar.
Hoy, cuando escuchamos acusaciones mutuas en el espacio público, ¿estamos buscando realmente la verdad o solo confirmando nuestros prejuicios? ¿Nuestro corazón está abierto a la corrección fraterna o se ha endurecido por las posiciones políticas?
El llamado cristiano en medio de la polarización
Como seguidores de Cristo, tenemos un desafío particular en tiempos de división social. El apóstol Pablo nos exhorta: "Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres" (Romanos 12:18, RVR1960). Esto no significa evitar los temas difíciles, sino abordarlos con el espíritu de Cristo.
Recordemos que nuestro Papa León XIV, en sus primeras intervenciones como sucesor de Pedro, ha enfatizado la importancia del diálogo respetuoso y la búsqueda de la paz. Su llamado a mirar más allá de las fronteras nacionales y políticas nos recuerda que nuestra ciudadanía principal está en el cielo (Filipenses 3:20).
En situaciones de conflicto internacional, la voz de la Iglesia busca siempre recordar la dignidad de cada persona, creada a imagen de Dios. Cuando las tensiones aumentan, los cristianos estamos llamados a ser puentes, no trincheras; a ser sanadores, no heridores.
Cuatro principios para el diálogo cristiano
- Escuchar antes de hablar: "Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse" (Santiago 1:19, RVR1960)
- Buscar lo que une: Centrarnos en los valores compartidos antes que en las diferencias
- Hablar la verdad con amor: "sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo" (Efesios 4:15, RVR1960)
- Recordar nuestra humanidad común: Todos somos pecadores redimidos por gracia
De las palabras a la acción: nuestro compromiso hoy
¿Cómo podemos vivir estos principios en nuestra vida diaria? Comienza con pequeños gestos: cuando escuches una noticia que te molesta, respira profundamente antes de reaccionar. Cuando hables con alguien que piensa diferente, haz preguntas genuinas para entender su perspectiva. Cuando ores, incluye no solo a quienes piensan como tú, sino especialmente a aquellos con quienes discrepas.
La comunidad cristiana tiene la hermosa oportunidad de modelar un tipo diferente de conversación. En lugar de usar la Biblia como arma arrojadiza, podemos usarla como espejo para examinar primero nuestros propios corazones. Como decía san Agustín: "Ama y haz lo que quieras", porque cuando el amor verdadero guía nuestras acciones, estas siempre apuntarán al bien del otro.
Te invito hoy a hacer un examen de conciencia sobre tu uso del lenguaje: ¿Tus palabras en redes sociales, en la mesa familiar, en el trabajo, construyen comunidad o la fracturan? ¿Hablas de los "otros" con respeto, incluso cuando no compartes sus ideas? ¿Recuerdas que cada persona, independientemente de su postura política, es amada profundamente por Dios?
Que el Espíritu Santo nos guíe para que nuestras palabras sean "siempre sazonadas con sal" (Colosenses 4:6), dando gracia a quienes las escuchan. En un mundo sediento de autenticidad, seamos portadores de la verdad que libera, no de la que encadena; de la esperanza que une, no del miedo que divide.
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