Cada 12 de mayo, la Iglesia recuerda al Beato Álvaro del Portillo, un hombre que dedicó su vida a servir a Dios y a los demás. Conocido cariñosamente como "Don Álvaro", fue el primer sucesor de San Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei. Su historia es un testimonio de entrega, humildad y amor por la Iglesia.
Don Álvaro nació en Madrid el 11 de marzo de 1914, en el seno de una familia profundamente cristiana. Desde joven, mostró una gran inteligencia y un corazón dispuesto a seguir la voluntad de Dios. Estudió ingeniería de caminos, canales y puertos, y también se doctoró en Filosofía y Derecho Canónico. Su formación profesional y espiritual lo preparó para una misión única: continuar la obra que San Josemaría había iniciado.
En 1935, Álvaro del Portillo pidió su admisión en el Opus Dei. A partir de ese momento, su vida estuvo marcada por un profundo deseo de santificar el trabajo ordinario y de hacer presente el Evangelio en todos los ámbitos de la sociedad. Fue ordenado sacerdote el 25 de junio de 1944, y desde entonces, su ministerio se caracterizó por su cercanía con las personas y su capacidad para aconsejar y animar.
"No hay mejor manera de agradecer a Dios sus dones que poniéndolos al servicio de los demás" – Beato Álvaro del Portillo
Al servicio de la Iglesia universal
Don Álvaro no solo fue un pastor para los miembros del Opus Dei, sino que también sirvió a la Iglesia en diversos cargos. Participó activamente en el Concilio Vaticano II como secretario de la comisión que redactó el decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros. Su trabajo en el Concilio reflejó su amor por la Iglesia y su deseo de que el mensaje de Cristo llegara a todos.
Además, mantuvo una estrecha amistad con varios papas, especialmente con San Pablo VI y San Juan Pablo II. Este último lo nombró obispo en 1991, reconociendo su labor pastoral y su entrega al pueblo de Dios. Don Álvaro gobernó el Opus Dei durante 19 años, desde la muerte de San Josemaría en 1975 hasta su propio fallecimiento en 1994.
Un pastor cercano y fiel
Quienes conocieron a Don Álvaro destacan su trato afable, su serenidad y su profunda vida de oración. Era un hombre que sabía escuchar y que siempre tenía una palabra de aliento. Su amor por la Virgen María y por la Eucaristía eran el centro de su vida espiritual.
El 23 de marzo de 1994, después de una peregrinación a Tierra Santa, Don Álvaro falleció a los 80 años. Su muerte fue un momento de recogimiento y gratitud para la Iglesia. San Juan Pablo II, durante el funeral, se acercó a rezar ante sus restos, mostrando así el aprecio que sentía por él.
Lecciones para nuestra vida cristiana
La vida del Beato Álvaro del Portillo nos enseña que la santidad es posible en medio de las ocupaciones diarias. Él no fue un monje retirado del mundo, sino un ingeniero, un sacerdote y un obispo que supo combinar su trabajo profesional con una intensa vida espiritual. Su ejemplo nos anima a buscar a Dios en nuestras actividades cotidianas, ofreciéndole nuestro trabajo y nuestro tiempo.
Como dice la Escritura: "Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres" (Colosenses 3:23, NVI). Don Álvaro vivió esta enseñanza de manera radical, convirtiendo cada tarea en una oportunidad para amar y servir.
Reflexión final
Hoy, al recordar a este beato, te invitamos a preguntarte: ¿estoy ofreciendo mi trabajo diario a Dios? ¿Cómo puedo servir mejor a los demás en mi entorno? Que la intercesión del Beato Álvaro del Portillo nos ayude a ser fieles discípulos de Cristo, llevando su luz a todos los rincones de nuestra vida.
Que su ejemplo nos inspire a vivir con alegría y entrega, sabiendo que, como él decía, "la santidad no es cosa de superhombres, sino de personas que se dejan hacer por Dios".
Comentarios