La Ascensión del Señor es uno de los momentos más significativos en la historia de la fe cristiana. Cuarenta días después de su resurrección, Jesús se despidió de sus discípulos y ascendió al cielo para sentarse a la derecha del Padre. Este evento no es solo un hecho histórico, sino una fuente de esperanza y alegría para todos los que creemos en él. La Ascensión nos recuerda que nuestro destino final no está en este mundo, sino en la gloria celestial junto a Cristo.
Como dice la colecta de este domingo: 'Allá donde llegó nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros, que somos su cuerpo'. Esta afirmación nos llena de consuelo, porque sabemos que Jesús nos ha preparado un lugar en el cielo. Pero la Ascensión no es una despedida definitiva; al contrario, inaugura una nueva forma de presencia de Dios en la tierra.
Una presencia que nunca se va
Jesús prometió a sus discípulos: 'Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos' (Mateo 28:20, NVI). Esta promesa se cumple de muchas maneras. En primer lugar, Jesús está presente en la Eucaristía, donde se hace realmente presente en el pan y el vino consagrados. También está en los demás sacramentos, como el bautismo y la confirmación, que nos unen a él y nos fortalecen con el Espíritu Santo.
Además, Jesús está presente en su Palabra. Cada vez que leemos la Biblia con fe, él nos habla y nos guía. También está presente en la oración, cuando nos acercamos a él con un corazón sincero. Y, sobre todo, está presente en el amor que compartimos con los demás. Como dice San Juan: 'Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios, y Dios en él' (1 Juan 4:16, RVR1960).
La Ascensión y nuestra misión
La Ascensión no solo nos habla de la presencia de Jesús, sino también de nuestra misión como cristianos. Antes de ascender, Jesús dio a sus discípulos la Gran Comisión: 'Vayan y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado' (Mateo 28:19-20, NVI). Esta misión no es solo para los apóstoles, sino para todos los creyentes.
Con la fuerza del Espíritu Santo, nosotros también somos enviados al mundo para anunciar la buena noticia del evangelio. No se trata de imponer nuestra fe, sino de compartir el amor de Dios con palabras y acciones. Cada uno de nosotros tiene un papel único en la construcción del reino de Dios, ya sea en nuestra familia, en nuestro trabajo o en nuestra comunidad.
La Ascensión y nuestra esperanza
La Ascensión nos llena de esperanza porque nos asegura que Cristo ha vencido a la muerte y que nosotros, unidos a él, también venceremos. Como dice San Pablo: 'Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él' (Romanos 6:8, NVI). La Ascensión es la garantía de que nuestra vida no termina en la tumba, sino que se transforma en una vida eterna junto a Dios.
Esta esperanza nos da fuerzas para enfrentar las dificultades de la vida. Sabemos que no estamos solos, porque Jesús está con nosotros todos los días. También sabemos que nuestro sufrimiento tiene sentido cuando lo unimos al sacrificio de Cristo. Como dice San Pedro: 'Después de que hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables' (1 Pedro 5:10, NVI).
Viviendo la Ascensión hoy
¿Cómo podemos vivir el misterio de la Ascensión en nuestra vida diaria? En primer lugar, recordando que Jesús está con nosotros en cada momento. Podemos hablar con él en oración, leer su Palabra y participar en los sacramentos. En segundo lugar, podemos compartir su amor con los demás, especialmente con los más necesitados. Como dice Santiago: 'La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones' (Santiago 1:27, RVR1960).
Finalmente, podemos vivir con la esperanza de que un día estaremos con Cristo en el cielo. Esta esperanza nos anima a seguir adelante, a pesar de las pruebas. Como dice el salmista: 'Porque tú, Señor, eres mi esperanza; desde mi juventud he confiado en ti' (Salmo 71:5, NVI).
Reflexión final
La Ascensión del Señor es un recordatorio de que nuestra vida tiene un propósito eterno. Jesús no nos ha dejado solos; él está con nosotros y nos ha dado el Espíritu Santo para guiarnos. También nos ha encomendado la misión de llevar su amor a todos los rincones del mundo. Que este domingo, al celebrar la Ascensión, renovemos nuestra confianza en su presencia y nuestro compromiso de seguir sus pasos.
¿Cómo puedes tú, hoy, ser testigo del amor de Cristo en tu entorno? ¿De qué manera puedes vivir la promesa de que él está contigo todos los días? Tómate un momento para reflexionar y pídele al Espíritu Santo que te guíe en tu misión diaria.
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