Hoy, séptimo domingo de Pascua, la Iglesia recuerda un momento crucial en la historia de la salvación: la Ascensión de Jesús al cielo. Cuarenta días después de su resurrección, Jesús se despide de sus discípulos de una manera única. No se va para siempre, sino para completar su obra y abrirnos las puertas del cielo. Es un día de alegría, porque vemos a Cristo glorificado, y también de esperanza, porque sabemos que él intercede por nosotros ante el Padre.
La Ascensión no es un adiós definitivo. Es más bien un "hasta pronto". Jesús promete enviar al Espíritu Santo, el Consolador, que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Por eso, aunque nuestros ojos no lo vean físicamente, su presencia sigue siendo real y poderosa en nuestras vidas.
La Ascensión en las Escrituras
El relato de los Hechos de los Apóstoles
En el libro de los Hechos (1,1-11), Lucas nos cuenta que Jesús se reunió con sus discípulos en el monte de los Olivos. Allí les dio instrucciones finales: "Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1,8). Luego, mientras ellos miraban, fue elevado y una nube lo ocultó de su vista.
Los discípulos se quedaron mirando al cielo, asombrados. Pero dos ángeles se les aparecieron y les preguntaron: "Galileos, ¿qué hacen mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse" (Hch 1,11). Esa promesa del regreso de Jesús es el ancla de nuestra esperanza cristiana.
El Evangelio de Mateo: la Gran Comisión
En el Evangelio de Mateo (28,16-20), Jesús se aparece a los once discípulos en un monte de Galilea. Allí les da la Gran Comisión: "Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado" (Mt 28,19-20). Y termina con una promesa que nos sostiene: "Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
Esta comisión no es solo para los apóstoles; es para todos los que creemos en Jesús. Somos llamados a compartir el amor de Dios con quienes nos rodean, a ser luz en medio de la oscuridad y a vivir de tal manera que otros vean a Cristo en nosotros.
¿Qué significa la Ascensión para nuestra vida diaria?
La Ascensión nos recuerda que nuestra verdadera ciudadanía está en el cielo. Pero eso no significa que debamos desentendernos de la tierra. Al contrario, como Jesús nos dejó una misión, estamos llamados a transformar nuestro entorno con el amor de Dios.
Cuando enfrentamos dificultades, podemos recordar que Jesús está sentado a la derecha del Padre, intercediendo por nosotros. No estamos solos. El Espíritu Santo nos da fuerza, sabiduría y consuelo para seguir adelante. Así como los discípulos dejaron de mirar al cielo y se fueron a predicar, nosotros también debemos pasar de la contemplación a la acción.
Una invitación a la esperanza activa
Muchas veces, como los discípulos, podemos quedarnos mirando al cielo, esperando que Jesús resuelva todos nuestros problemas de manera mágica. Pero la Ascensión nos enseña que la esperanza cristiana es activa: confiamos en que Jesús volverá, pero mientras tanto, trabajamos para extender su Reino. Eso significa perdonar, servir, amar a nuestros enemigos y compartir el mensaje de salvación.
¿Hay alguien en tu vida que necesita escuchar una palabra de aliento? ¿Hay una situación difícil en la que puedas ser instrumento de paz? La Ascensión nos impulsa a salir de nuestra zona de confort y ser testigos de Cristo en cada rincón de nuestro mundo.
Reflexión final
Hoy, mientras celebramos la Ascensión del Señor, te invito a elevar tu mirada al cielo, pero no para quedarte allí, sino para recibir la fuerza del Espíritu Santo y luego bajar a la tierra con un corazón dispuesto a servir. Jesús nos ha dejado una misión, pero también nos ha prometido su presencia constante. No tengas miedo. Él está contigo todos los días, hasta el fin del mundo.
"Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28,20, NVI).
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