Imaginaos ese primer domingo tras la resurrección. Los discípulos están reunidos, las puertas cerradas por miedo. El ambiente está cargado de incertidumbre y temor. De repente, Jesús se presenta en medio de ellos. No como un fantasma, sino como el Viviente que ha vencido a la muerte. Su primera palabra es un regalo: "La paz esté con vosotros" (Juan 20:19, NVI).
Esta paz no era un simple saludo. Era la paz que el mundo no puede dar, la que sana heridas internas y calma tormentas del alma. Los discípulos, que momentos antes temblaban de miedo, ahora se llenan de alegría al ver a su Maestro resucitado.
Las heridas que hablan de amor
Jesús les muestra sus manos y su costado. Las marcas de los clavos y la lanza están allí, pero ya no sangran. Estas heridas glorificadas nos hablan de un amor tan profundo que transformó el dolor en victoria. Como dice la Escritura: "Por sus heridas hemos sido sanados" (Isaías 53:5, RVR1960).
En nuestro caminar cristiano, a veces cargamos con nuestras propias heridas. Las de Jesús nos recuerdan que:
- Dios transforma nuestro dolor en propósito
- Nuestras cicatrices pueden convertirse en testimonio
- La resurrección da nuevo significado a todo sufrimiento
El regalo del Espíritu Santo
Jesús no solo trae paz, sino que también da a sus discípulos una misión y el poder para cumplirla. Sopla sobre ellos y dice: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes vosotros les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados" (Juan 20:22-23, NVI).
Este momento es fundamental para entender nuestra fe:
- El Espíritu Santo nos capacita para la misión
- Somos enviados a llevar reconciliación al mundo
- Tenemos autoridad espiritual para ministrar perdón
Tomás y la bendición de creer sin ver
Cuando Tomás escucha a sus compañeros decir "Hemos visto al Señor", su reacción es comprensible. Pide pruebas concretas: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré" (Juan 20:25, NVI).
Ocho días después, Jesús aparece nuevamente. Esta vez Tomás está presente. Jesús lo invita a tocar sus heridas, pero Tomás ya no necesita hacerlo. Cae de rodillas y profesa: "¡Señor mío y Dios mío!" (Juan 20:28, NVI).
"Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen" (Juan 20:29, NVI).
Esta bienaventuranza es para nosotros hoy. No hemos visto físicamente a Jesús resucitado, pero creemos por el testimonio de los apóstoles y la obra del Espíritu en nuestros corazones.
Nuestra misión hoy
Como comunidad cristiana, estamos llamados a continuar esta misión. El Papa León XIV, en su reciente mensaje, nos recuerda que "la paz de Cristo debe ser anunciada con valentía en un mundo que tanto la necesita".
En EncuentraIglesias.com, como plataforma ecuménica, celebramos esta unidad en la misión. Aunque venimos de diferentes tradiciones cristianas, compartimos el mismo llamado: ser testigos del Resucitado.
Reflexión práctica
¿Cómo vivimos estos encuentros con el Resucitado en nuestro día a día?
Os invito a reflexionar:
- ¿Dónde necesitáis experimentar la paz de Jesús en vuestra vida actual?
- ¿Qué "heridas" necesitáis presentar ante Él para que las transforme?
- ¿Cómo estáis respondiendo al llamado de llevar reconciliación a vuestro entorno?
Recordemos que, como Tomás, a veces tenemos dudas. Jesús no nos condena por ellas, sino que se acerca con paciencia y nos invita a un encuentro personal. Nuestra fe no se basa en pruebas físicas, sino en una relación viva con el Cristo resucitado.
Hoy, vosotros también podéis decir con convicción: "He encontrado al Señor". Su paz está disponible para vosotros, su Espíritu os capacita, y su misión os incluye. Que este tiempo pascual sea una renovación de vuestra fe y compromiso.
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