En el segundo domingo de Pascua, la comunidad cristiana celebra un momento particularmente significativo: la fiesta de la Divina Misericordia. Esta conmemoración, instituida por San Juan Pablo II en el Jubileo del año 2000, nos invita a contemplar el corazón mismo del mensaje pascual. Como recuerda el Papa León XIV en su primera encíclica, "la misericordia de Dios no conoce fronteras y se ofrece a cada persona con amor infinito". En un tiempo de cambios eclesiales, con el tránsito del pontificado del Papa Francisco, fallecido en abril de 2025, a la elección del Papa León XIV en mayo siguiente, esta fiesta adquiere un valor aún más profundo: nos recuerda que, más allá de los avatares humanos, el amor de Dios permanece como la roca sobre la que edificar nuestra fe.
Tomás: La duda que conduce a la fe más genuina
La liturgia de este domingo nos presenta la figura del apóstol Tomás, frecuentemente recordado como "el incrédulo". Mas si leemos con atención el relato evangélico, descubrimos a un hombre profundamente humano, cuya experiencia resuena en cada uno de nosotros. Tomás no se hallaba presente cuando Jesús se apareció por primera vez a los apóstoles reunidos en el cenáculo. A su regreso, sus compañeros le anunciaron con gozo: "¡Hemos visto al Señor!". Su reacción es la de quien busca una certeza tangible: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré" (Juan 20,25).
Esta petición no nace de obstinación o desconfianza, sino de un anhelo profundo de encontrarse personalmente con el Resucitado. Tomás representa a todo creyente que, en su vida espiritual, atraviesa momentos de incertidumbre y búsqueda. Como subraya la traducción de la Conferencia Episcopal Italiana de 2008, el Evangelio no condena esta búsqueda, sino que la presenta como parte del itinerario de fe.
El encuentro que transfigura
Ocho días después, Jesús se aparece nuevamente en el cenáculo, esta vez con Tomás presente. El Señor se dirige directamente a él, conociendo sus dudas y sus palabras: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente" (Juan 20,27).
Aquí acontece el milagro de la transfiguración. Tomás no necesita tocar realmente las llagas. Ante la presencia viva de Cristo, su fe estalla en una profesión que permanece entre las más bellas de todo el Evangelio: "¡Señor mío y Dios mío!" (Juan 20,28). Este tránsito de la duda a la fe profunda nos muestra cómo Dios nunca se aleja de quien lo busca con corazón sincero, incluso cuando esta búsqueda está marcada por interrogantes e incertidumbres.
"¡Dichosos los que sin haber visto, han creído!" (Juan 20,29)
Estas palabras de Jesús, recogidas en la versión de la Nueva Reina-Valera 2006, se extienden a todos los creyentes de todos los tiempos. Nosotros hoy somos de aquellos que "sin haber visto, han creído". Nuestra fe se fundamenta en el testimonio de los apóstoles, en la tradición de la Iglesia y en la experiencia personal del encuentro con Cristo en la oración, en los sacramentos y en la comunidad.
La Divina Misericordia en el arte cristiano
El arte sacro, a lo largo de los siglos, ha sabido representar con extraordinaria sensibilidad este momento evangélico. Muchos artistas han captado el movimiento interior de Tomás: de la incredulidad al asombro, de la duda a la adoración. En las representaciones pictóricas y escultóricas, a menudo vemos a Tomás inclinándose hacia Jesús, unas veces con el dedo suspendido antes de tocar la llaga, otras ya postrado en adoración.
Estas obras de arte no son meras ilustraciones, sino verdaderas catequesis visuales. Nos enseñan que:
- La duda puede ser un tránsito hacia una fe más madura
- Dios acoge nuestras preguntas con paciencia infinita
- El encuentro personal con Cristo transfigura radicalmente
- La misericordia divina se manifiesta precisamente en nuestras fragilidades
En este tiempo de renovación eclesial, con el nuevo pontificado de León XIV, estas imágenes nos recuerdan que la fe no es ausencia de interrogantes, sino la capacidad de llevar nuestras dudas al encuentro con el Resucitado.
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